Juana Gallego
Juan Gallego. Foto RRSS
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Elogio a las mujeres molestas

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Me enorgullezco de formar parte de todo un nutrido grupo de ‘mujeres molestas‘, en feliz expresión de Rosa María Rodríguez Magda. Somos molestas a la izquierda y a la derecha; a la izquierda porque le rompemos el relato de ser la más progresista de la historia; a la derecha porque defendemos posturas irreconciliables con la exacerbación de un pasado esplendoroso que nosotras consideramos caduco.

Son muchas las irreductibles que se han enfrentado a cancelaciones, boicot, descalificaciones, amenazas, cierres de cuentas en redes sociales, intento de desprestigio profesional, acusaciones de hacer el juego a la extrema derecha o incluso a denuncias de la administración. Somos muchas, y no voy a dar nombres para no correr el riesgo de olvidar alguno.

Mujeres que no se han amedrentado ante el hostigamiento público, que no se han callado, que han perdido el miedo a hablar y han levantado su voz con argumentos, reflexiones, ideas y críticas pese al silenciamiento con que se han encontrado por parte de los medios de comunicación, que han prescindido de estas voces ya sea por miedo, ya sea por interés económico, ya sea por otros motivos espurios cuyo alcance no logro descifrar.

Somos mujeres que no estamos dispuestas a renunciar a ejercer la crítica de todos los aspectos que nos parezcan denunciables, que hemos renunciado a ser las niñas buenas que buscan congraciarse con aquellos que han detentado siempre el poder y ante quienes parece que debamos actuar con complacencia. Somos mujeres hechas y derechas que nos atrevemos a ser antipáticas, a no querer satisfacer las expectativas de los demás, que tenemos ideas propias y queremos expresarlas. Que combatimos sobre todo aquellas teorías que contradicen la evidencia científica, la verdad y la razón.

Somos mujeres que nos hemos rebelado ante la dictadura de purpurina que como un manto de plomo se ha cosido a las conciencias, puntada a puntada, con el hilo del victimismo y el chantaje emocional. Una dictadura que tiene la consistencia teórica de un castillo de naipes, pero que ha sabido extenderse y seducir a las élites de la sociedad, empezando por la Academia (que es por donde los expertos recomiendan que se difundan las ideas), pero que ha arraigado en el sector empresarial, el mediático, el político, el institucional, el educativo y el sindical.

Mientras algunos intelectuales inflados a hormonas recomiendan que el sexo sea desterrado de todo documento oficial o creen que una operación genital es comparable a una rinoplastia, nosotras sostenemos que un cambio de sexo no es lo mismo que operarse la nariz. Creemos que reducir el sexo biológico a la irrelevancia, se supone que con el noble fin de eliminar la desigualdad entre hombres y mujeres, es como si nos tapamos los ojos y creemos, como las criaturas, que nadie nos ve.

Porque es el sexo con el que se nace lo que hace que las niñas sufran mutilación genital; es el sexo la razón por la que son casadas con hombres que le triplican la edad; es el sexo el que las convierte en prostitutas y hace que se aposten en una esquina, un polígono o un local; es el sexo el que les impide estudiar o las obliga a tapar sus cuerpos en algunos contextos o a desnudarlos y ser cosificadas sexualmente para demostrar el talento profesional;  es por nuestro sexo por el que andamos por la calle con miedo, por el que se nos acosa y se nos viola en un portal, se nos secuestra impunemente para aparecer luego muertas en cualquier lugar; es el sexo con el que nacemos el origen que provoca que las mujeres sean más pobres, que tengan menos oportunidades vitales y que tengan que esforzarse el doble para conseguir la mitad; reducir el sexo a la irrelevancia, que es el sueño de la cofradía queer azuzada por sus santas patronas, solo servirá para ocultar la desigualdad, para retrasar la emancipación de las mujeres en el mundo e impedir la transformación social.

Pero las mujeres molestas no vamos a permitir que se nos redefina otra vez sin nuestra participación, que se difumine nuestra lucha, se nos imponga un nuevo lenguaje y se nos obligue a vivir en una ficción. Por eso, me siento muy honrada de haber sido invitada a seguir molestando en este nuevo medio de comunicación, que espero sea tan molesto como yo. Porque si el periodismo no molesta podrá ser lo que sea, pero desde luego no es digno de llamarse información.

Juana Gallego

Profesora universitaria