El embajador de Ucrania en España, Serhii Pohoreltsev, en la exposición ‘En el ojo del huracán’, en el Thyssen-Bornemisza. Carlos Luján / Europa Press
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Artistas en la guerra: en la línea del fuego de Ucrania

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La verdad es la primera víctima y la guerra de Ucrania no es una excepción. Tardaremos años en conocer todas las aristas de la verdad, pero mientras tanto los pescadores furtivos de ríos revueltos están haciendo su agosto. Los artistas están en la línea del fuego del poder.

Pero la verdad no es la única víctima. Los artistas y su obra son víctimas colaterales porque algunos ponen el pincel o el cincel en la llaga y otros bailan al son de las ráfagas. De ahí que, desde hace algún tiempo, la guerra de Ucrania haya llegado también al sector artístico. Quien se atreva a escribir cuestionando los horrores de las matanzas con trompetas es amordazado de inmediato.

Voltaire: «Está prohibido matar; por lo tanto, todos los asesinos son castigados a menos que maten en gran número y bajo el sonido de las trompetas.»

Voltaire (1764), Diccionario filosófico

Todavía se desconoce el número de muertos porque los medios de información no publican datos al respecto, pero aparecen números en redes sociales que hablan de 200.000 soldados asesinados. El catedrático alemán Johannes Varwick ha afirmado recientemente que mueren 1000 personas al día. Los eufemismos com «bajas o soldados caídos» son detestables y el reflejo de la hipocresía políticamente correcta que gastamos. La incertidumbre es mucho aterradora que la certeza cuando se trata de vida o muerte.

Exposición ‘En el ojo del huracán’, en el Museo Thyssen-Bornemisza,en Madrid. La muestra ‘En el ojo del huracán. Vanguardia en Ucrania, 1900-1930’ muestra una completa visión del arte ucraniano de vanguardia en las primeras décadas del siglo XX. Expone las diferentes tendencias artísticas, desde el arte figurativo hasta el futurismo o el constructivismo. Foto: Carlos Luján / Europa Press

Artistas bajo presión gubernamental

Los artistas, en tanto que colectivo que crea en plena libertad, son los que desde siempre han plasmado partes de la realidad que no se recogían en los anales o si se hacía, lo era con discursos melifluos plagados de eufemismos. Mientras duran los enfrentamientos bélicos algunos se posicionan a favor de uno u otro bando de forma totalmente libre. Pero en la guerra de Ucrania los medios de comunicación y algunos mandatarios están exigiendo a artistas de renombre internacional que, o bien lancen loas o denosten a Putin, por poner un ejemplo. Pero no solo ellos, como veremos más abajo.

Algunos artistas europeos han cancelado los eventos que tenían bajo contrato en Rusia por una cuestión ética. Otros como el dirigente de origen estonio Paavo Järvi, sin embargo, consideran que no se debe penalizar a los jóvenes por las actuaciones de su gobierno. Fiel a este principio, dirigió una obra con la Orquesta Joven en Moscú como informa Deutsche Welle. Incluso hay artistas ucranianos como Sergei Loznitsa que no ven con buenos ojos la caza de brujas en curso en el mundo artístico. Ahora bien, parece que son numerosos los que se posicionan abiertamente a favor de hacer statements políticos. El escritor ucraniano Andrej Kurkow se lamenta de que no escucha las voces de solidaridad de los artistas franceses o alemanes.

Exposición ‘En el ojo del huracán’, en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Foto: Carlos Luján / Europa Press

Censura impuesta o autocensura

Y es que los artistas libres tienen la mala costumbre de pintar o cincelar los horrores de los enfrentamientos bélicos. Así lo hizo Goya con los Fusilamientos del 2 de Mayo o Picasso con el Guernika. El ejercicio de esa libertad, a veces, solo puede darse fuera de la tierra que vio nacer al artista.

Vistas estas pinceladas históricas, todos aquellos artistas que no se hayan posicionado claramente a favor de Ucrania están siendo señalados en Europa. De igual modo, muchos artistas rusos que se han significado por criticar las acciones de su gobierno están siendo acallados en Rusia.

Es el caso del dirigente de nacionalidad rusa Gergiev que guardó silencio y la soprano rusa nacionalizada austríaca Netrebko que se pronunció tímidamente. A dirigente de orquesta Gergiev lo pusieron contra la espada y la pared porque callaba sobre la invasión de Rusia. El alcalde de Munich le exigió que se pronunciase contra Putin.

Una mujer observa una de las obras de la exposición ‘En el ojo del huracán’, en el Museo Thyssen-Bornemisza. Foto: Carlos Luján / Europa Press

Presiones a artistas

Y lo que muchos se preguntaban entonces era si se podía exigir de un artista un pronunciamiento político y si, en caso de ser contrario a la corriente mayoritaria, se podría ordenar su despido. Oficialmente no, pero la Filarmónica de Munich lo despidió.

En el caso de Netrebko, en un primer momento, trascendió a los medios de comunicación que tenía vínculos amistosos con Putin por lo que le cancelaron muchos conciertos en Alemania. Y mucho después se pronunció de una manera inequívoca contra la guerra debido a las presiones recibidas aunque sigue sin distanciarse de Putin. Este caso nos muestra, que lo que manifestó públicamente no era, tal vez, ejerciendo la libertad de expresión que asiste a todo el mundo sino obligada por la coerción a la que ha sido sujeta.

Después de esto, Der Spiegel informaba que Nebtrebko ya no podía actuar en Rusia. Ya Marlene Dietrich tuvo que exiliarse por plantar cara al régimen nazi. Algo parecido ocurrió con Antonio Machado. Los que ostentan el poder silencian a los incómodos. Nada nuevo.

En la misma línea, al director de cine ruso Nikita Michalkow le prohibieron la entrada en Ucrania en 2015. La situación ha llegado a tal extremo que Ucrania está presionando a Europa para hacer una limpieza artística invitándola a prohibir actividades culturales de artistas rusos según Süddeutsche Zeitung (SZ) el 31 de enero de 2023. Y esas presiones no se ejercen atendiendo a criterios artísticos sino políticos. Triste. De ahí que SZ postule que todo esto no deba llegar tan lejos. Pero esto no es nada nuevo. Veamos, pues, cómo el arte se convierte en rehén y también en mercancía.

El valor del arte y el precio de una obra

El valor del arte no se mide por quién es su autor ni por los ideales políticos o religiosos que defiende ni por la ausencia de ideales. En teoría, se debe juzgar la obra observándola, enmarcándola en su época y abstrayéndola de su autor. De hecho, no nos queda otro remedio que hacer eso mismo con las pinturas rupestres anónimas. ¿O resulta ahora que hay que destruir todas esas obras porque hay escenas de caza en las paredes de las cuevas de Altamira? Son testimonios de su época y si destruimos esa obra, destruimos parte de la evidencia para reconstruir la historia de la humanidad. Si en algo se diferencia la historia del hombre de la historia animal, es la consciencia que tiene del ser humano además de su capacidad de recuerdo y reflexión.

Una cosa es juzgar su valor artístico y, otra bien distinta, ponerle precio a una obra. Son dos cosas distintas. A día de hoy, el arte es un sector económico más. Hay comerciantes que compran obra con el único objetivo de venderla después más cara obteniendo beneficios. El criterio artístico es secundario o inexistente. Que unos borretajos que hiciese Picasso en un papel mientras estaba maquinando su siguiente obra no tienen, tal vez, mayor valor artístico que aquel que nos muestra el proceso en el que estaba involucrado el artista para culminar tal o cual obra es una obviedad. Si hay gente dispuesta a pagar decenas de miles de euros por ello, poco tiene que ver con el arte. Tal vez, solo quieran hacer negocio.

Exposición ‘En el ojo del huracán’, en el Museo Thyssen-Bornemisza. Foto: Carlos Luján / Europa Press

La creación artística como fetiche

Y lo más preocupante para los amantes del arte son las exposiciones que se programan atendiendo a una agenda geopolítica concreta. Serán los expertos los que deban dirimir si la exposición de la vanguardia en Ucrania (1900-1930) del Museo Tyssen-Bornemizsa está diseñada atendiendo única y exclusivamente a criterios artísticos o, por el contrario, es una apuesta oportunista aprovechando el momento y con un relato que falta a la verdad en cuanto a fechas en su página web.

Ucrania se proclamó república soviética en 1918, se unió a la URSS en 1922 y las campañas del gran terror orquestadas por Stalin son de 1936-1938. El periódico suizo NZZ publica un artículo de un crítico artístico de origen ucraniano Konstantin Akinsha que relata algunos de los excesos de la época estalinista además de otras vicisitudes a la hora de organizar exposiciones.

Tribulaciones de un crítico ucraniano para colocar obra en museos

Akihsha es crítico de arte y comisario de la exposición del Museo Tyssen-Bornemizsa. Es sumamente significativo lo que relata en cuanto a las dificultades con las que se encontró para colocar el arte ucraniano en el mercado museístico. Cuenta que en 2016 quiso organizar una exposición sobre el arte ucraniano de principios de siglo XX prescindiendo del calificativo de vanguardia y sustituyéndolo por moderno: Arte ucraniano moderno. Revela que se reunió con el director de una Fundación reputada en Alemania.

Este hombre anónimo se mostró reacio a su idea debido a que el arte ucraniano era «una manifestación del nacionalismo y el nacionalismo es algo horrendo». Continúa narrando que este director encajaba bien en la corriente en boga de los alemanes como contrarios al nacionalismo ucraniano mostrándose ciegos ante el nacionalismo ruso aún más peligroso. Pero, por fin se pudo celebrar una exposición en 2018 en Budapest (Hungría).

Lo intentó de nuevo en Alemania, pero un director de un museo también anónimo le dijo que temía incomodar a sus socios rusos. Pero, Akinsha no abandonó el proyecto. Se congratula de que a día de hoy el citado director del museo sea un acérrimo defensor de la causa ucraniana y por fin haya logrado que el arte ucraniano sea expuesto en Europa, en concreto en España. Y lo logró porque, según sus palabras, aprovechó el momento. No fue por un criterio artístico.

Una persona pasa por delante de una de las obras de la presentación de la exposición ‘En el ojo del huracán’, en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Carlos Luján / Europa Press

Cambio de etiqueta y éxito

Cuenta que la represión estalinista fue más temprana en Ucrania y además mucho más severa ya que se había difamado el arte ucraniano tildándolo de «formalismo subversivo» o «nacionalismo burgués«. Según su relato, abundante obra de artistas se destruyo al tiempo que eran ejecutados numerosos artistas. Confiscaron obra para ser eliminada, pero parte de la obra sobrevivió en el gulag artístico.

En los años 60 del siglo pasado, esta vertiente experimental del arte soviético se dio a conocer en Europa. Lo que se conocía como el arte de la revolución se rebautizó con el nombre de la vanguardia rusa. De esta forma, el arte revolucionario conquistó los escenarios del consumo de suerte que un multimillonario de Nueva York compró un póster de Gustav Klucis representando el ejército rojo y lo colgó en su oficina cual trofeo de caza. Era el triunfo del capitalismo que puede convertirlo todo en fetiche, incluso la revolución rusa.

Artistas que levantan la voz y deben agachar la cabeza

Y tampoco nada tiene que ver con el valor artístico o histórico el hecho de que se proscriba a determinados artistas en épocas concretas de la historia. Es algo que se puede hacer oficialmente desde las instituciones o extraoficialmente relegando a los artistas al olvido. Vincent van Gogh (1853-1890) murió de un balazo en el pecho que se desconoce quién disparó, pero lo cierto es que sentía rechazo de su entorno en su corta vida artística (1880-1890).

Pero también a nivel institucional se ha practicado la censura artística a lo largo de toda la historia. Tanto músicos, escritores como pintores fueron vetados desde el poder al representar estos una amenaza para la supervivencia del mismo. Es el caso de la «entartete Kunst» o arte degenerado de Alemania nazi que prohibió por decreto a una lista de pintores y músicos el ejercicio de su profesión.

Si nos remontamos más en el tiempo, la querella iconoclasta era también una forma de censura practicada por la iglesia entre los siglos VIII y XI que prohibía el culto a las imágenes. El Papa Leon III (750-816) ordenó la destrucción de todas las imágenes en las iglesias. El Index librorum prohibitorum del Papa Pío IV de 1564 era un listado de libros prohibidos por la iglesia católica al considerarlos perniciosos para la fe cristiana. Después de este, se publicarían innumerables índices entre los cuales se incluirían los libros de Copérnico. Los católicos no estaban autorizados a leerlos. Por supuesto, los autores fueron desterrados al ostracismo.

Si no te vendes, compran tu obra

El poder se mantiene en el tiempo ocultando partes de la realidad y poniendo el foco en otras vivencias compartidas. Crear con libertad tiene su precio si el creador osa poner el foco en algo que debe permanecer oculto. Destruir obra ya no está en boga. Es mucho más lucrativo comprarla a través de intermediarios, ocultarla y después venderla al alza. Humillan al creador dos veces. Y luego están los sicarios que se dedican a ocultar hechos. A unos les cierran la boca y a otros les dan un altavoz a cambio de una piruleta. Para mantener la integridad se necesita fortaleza.

El criterio para la indexación de libros no era su valor artístico o científico sino, más bien, político. Quien osa levantar la voz, debe agachar la cabeza y relegarse a la insignificancia en vida. ¡Qué más da que lo conviertan en héroe después de su muerte!. No ha cambiado desde tiempos inmemoriales.

Pilar Larrañaga

Periodista. Escribe sobre política europea y arte. Las decisiones que se toman en Bruselas y sus efectos sobre los ciudadanos europeos. El arte entendido como eje fundamental en la formación del ser humano.