Misóginos
/

Los misóginos me enseñan cosas

7 Min. lectura

Estos días ha sido muy difundido un video de Ortésia Cabrera, un varón que se autodeclara mujer que, en un mitin de CUP, (figura en tercer lugar en la lista electoral de Tarragona para las elecciones catalanas ocupando un puesto reservado a una mujer, según la normativa de paridad), decía lo siguiente: “Les dones no tenim les mateixes oportunitats pel simple fet d’haver nascut en un cos determinat”, es decir «las mujeres no tenemos las mismas oportunidades por el simple hecho de haber nacido en un cuerpo determinado»

El chiste se contaría solo si no fuera porque Cabrera ha parafraseado interesadamente una conocida expresión feminista “las mujeres somos discriminadas por el simple hecho de haber nacido mujeres”, para adulterar el significado de esa denuncia feminista y así apropiarse de ella. Ya no nos sorprende nada respecto de una guerra, la del lenguaje, que al parecer solo tiene un enemigo para el colectivo trans: las mujeres. Volveré sobre esto más adelante.

Pues bien, a que a las feministas les indigne la negación de la realidad, la usurpación de cuotas e incluso de las denuncias feministas y el robo de nuestros derechos para otros fines distintos, el observatorio contra la LGTBI-fobia lo considera “transfobia”. Hago un inciso para hacer notar la capacidad de reacción de ese observatorio frente a los destinados a la igualdad, que ni se inmutan, ni -por descontado- denuncian, cuando de esos mismos mensajes o mucho peores -incluidas amenazas de muerte- sus destinatarias son mujeres, especialmente si son feministas. Las instituciones patriarcales puede que no compartan ideología política, pero está claro que comparten ideología patriarcal.

Cartel electoral de Ortésia Cabrera, varón que se autodeclara mujer, que se presenta como número 3 en las listas de Tarragona de la CUP. Ocupa un puesto reservado a una mujer, según la normativa de paridad.

Sospechas si una persona se declara trans para beneficiarse fraudulentamente de la Ley

En fin, el vídeo viralizado y la denuncia de transfobia del Observatori, ha merecido un artículo de un medio catalán en el que Marta Rojals, obviando las objeciones más poderosas, pone el acento en la que le parece más endeble para poder mostrar lo injusto de no aceptar a Cabrera como mujer. La que considera sospechoso que Cabrera haya tenido una salida del armario tan tardía (a los 33 años) levantando no pocas suspicacias por el eventual beneficio que ello pudiera reportarle.

Suspicacias que la mismísima Marina Echebarría, que ocupa una cátedra de derecho mercantil en la Universidad de Valladolid, anima a traducir en denuncia en un reciente artículo, si se sospecha que una persona se declara trans para beneficiarse fraudulentamente de la Ley. Está por ver cómo demostrar que una persona no siente lo que dice sentir, único requisito legal para cambiar el sexo registral. Y, además, ¿cómo podemos siquiera sospechar si eso ya es, en sí mismo, un evidente indicador de transfobia?

En el citado artículo, Rojals va desgranando lo que le han enseñado los tránsfobos a raíz de su acoso a Ortèsia Cabrera. Pero claro, como todo tiene su cara y su cruz (me disculpo de antemano por este binarismo tan ordinario), la lectura del artículo también me ha enseñado a mí diversas cosas sobre los misóginos. Aquí las tienen:

La ideología de género es profundamente patriarcal

Nos explican los misóginos, que no hay choque alguno de derechos entre trans y “cis” y, por tanto, que dejemos de pelear entre nosotras (sic) y peleemos contra el enemigo del ático, el patriarcado. Que nos roben, no solo la palabra sino el concepto de mujer, tonterías. Que nos roben pódiums, nimiedades; que ocupen nuestros espacios de intimidad o seguridad, una exageración porque, si ya nos violan, es obcecación que nos neguemos a abrir las puertas a los varones, sean o no trans. Démosles facilidades demostrando una vez más lo bien que sabemos complacerles.

Solo un pequeño apunte a la articulista: las feministas nunca hemos demos dejado de señalar al patriarcado como el enemigo de las mujeres. Entre otras cosas, porque la ideología de género es profundamente patriarcal. Y no peleamos contra personas, nos enfrentamos con una ideología que defiende el género en lugar de cuestionarlo. Con la evidente intención de socavar los derechos de las mujeres y profundizar nuestra opresión.

Por el contrario, albergo serias dudas sobre que los varones autodeclarados mujeres consideren su enemigo al patriarcado ¿Cómo va a serlo si es precisamente el  patriarcado el que les presta una incondicional cobertura económica, política, cultural, mediática y educativa -sin precedentes en ningún otro colectivo discriminado- consiguiendo cambios legislativos, institucionales, etc. que arrollan los derechos de las mujeres basados en su sexo oprimido, para dar primacía absoluta al género?

Normal que defiendan todas y cada una de las instituciones patriarcales viejas y nuevas: prostitución, pornografía, vientres de alquiler y, desde luego, el género, esa construcción cultural -paradójicamente casi innata- tan infalible que, si hay disonancia con el sexo, es este el errado, porque el patriarcado no se equivoca nunca. Una fruslería que el género sea la principal herramienta de opresión de las mujeres.

Voxeros y posmoprogres

Los misóginos me enseñan también que el borrado de las mujeres une al machismo y al feminismo ¡Y yo que creía (de hecho estoy segura) que el machismo estaba encantado con nuestro borrado! Por el contrario, he visto multitud de coincidencias entre los posmoprogres y al machismo de toda la vida. Por ejemplo, que lo primero que ocupan voxeros y posmoprogres son los cargos relacionados con la igualdad entre hombres y mujeres.

Y así, mientras los voxeros aprovechan para disminuir o liquidar fondos destinados a la igualdad entre hombres y mujeres allá donde comparten gobierno, las instituciones posmoprogres se dedican a “distraer” fondos de la lucha contra la violencia de género para financiar diversos festivales y talleres LGTBI. Y unos y otros ignoran, deliberadamente a las feministas. ¡No puede ser coincidencia, digo yo!

Los misóginos me enseñan, desde luego, que si una sola mujer (Rojals, por ejemplo) no se ofende porque nos borren en el lenguaje o de cualquier espacio o derecho, entonces no debemos quejarnos las demás, porque eso demuestra que somos exageradas, o peor aún, moralmente reprobables, por ser tan egoístas que nos resistimos a complacer a quienes están más discriminados que nosotras (discriminación sentida, porque datos, ni uno).

Y, por supuesto, los misóginos insisten en que debemos reconocer que el masculino genérico no nos borra. Que lo que hay que hacer es buscar a las mujeres en el contexto. En cambio, si un varón dice que es mujer, lo importante es la palabra con la que quieren nombrarse. El contexto, por lo visto, solo vale en el caso de las mujeres. Y es que algunos varones puede que se sientan mujeres, pero eso no significa que piensen renunciar a uno de sus privilegios masculinos: la heterodesignación  de todo lo que les rodea, incluidas las mujeres.

De la vagina al agujero delantero

Por eso los misóginos también me enseñan que una mujer trans es una mujer mientras nosotras no somos mujeres, sino mujeres cis. Y que no debemos mencionar palabras tales como vagina, olvidando -insensibles nosotras- que los varones declarados mujeres solo pueden aspirar, como máximo, a un agujero delantero. Así es que, a partir de ahora, como lo importante es lo suyo, llamaremos también nosotras así a la vagina.

Nos dicen también que la palabra “madre” ofende a esos varones. No sabía yo que hablar de la maternidad y de la persona que la encarna, la madre, es pecado si los varones que dicen sentirse mujeres no pueden serlo. Es lo que tiene dominar el mundo. Por eso debe ser que no hay necesidad de dejar de denominar “pene” al pene, o “próstata” a la próstata. Ya se sabe que las mujeres que se declaran hombres no se ofenden porque ofenderse, en su caso, sería una tontería.

En fin, coincido con Rojals en que venimos de una sociedad intolerante y que no solo es positivo avanzar -no ya en la tolerancia- sino en el respeto sin fisuras de todas las personas, sea cuales fueren sus circunstancias. Pero no es lo mismo el respeto debido al diferente y la interdicción de cualquier discriminación sobre él, que pretender negar la realidad material.

Y ¡qué casualidad que esa negación solo resulte admisible cuando de sexo se trata, justo el nudo gordiano de la opresión femenina! ¡Qué casualidad que eso imponga el borrado de cualquier cosa que nos nombre en exclusiva a nosotras, pero no al contrario! ¡Qué casualidad que eso implique dejarnos sin espacios propios físicos y simbólicos a las mujeres sin que eso ocurra en el caso opuesto! ¡Qué casualidad que el transactivismo no ejerza ninguna violencia contra el patriarcado (¿acaso no es el sistema que origina su discriminación) pero sí la ejerza contra las feministas! ¡Qué casualidad que -por el contrario- el patriarcado político, económico, cultural, mediático… los reciba, sin casi excepción, con los brazos abiertos!

Muerto el perro…

Por el contrario, las feministas creemos que no estamos en presencia de casualidades, sino de causalidades con efectos perversos en la consecución de la igualdad entre mujeres y varones. Y eso permite poner en contexto, como a Marta Rojals le gusta, la progresión fulgurante de un colectivo reducidísimo, pero que sirve bien al patriarcado al menoscabar gravemente los derechos que tan costosamente ha conseguido el feminismo para las mujeres.

Y los misóginos siguen explicando cosas. Como, por ejemplo, que las mujeres tenemos la ceguera del «privilegio». A saber, si no somos negras, o tenemos alguna discapacidad, o somos pobres de solemnidad… lo de que los hombres nos opriman es, en realidad, un auténtico privilegio que nos impide ver las discriminaciones de cualquiera de esos colectivos.

Finalmente quiero señalar que, aunque no dudo de que pueda haber gente que critique a Cabrera por su forma de vestir, por no depilarse, por no llevar sujetador, o incluso que afirme que Ortésia es «fea de cojones», ya le digo yo a Rojals que esa gente no es feminista, aunque ella, interesadamente, pretenda meternos en el mismo saco.

Entre otras cosas, porque no se nos ocurriría que mujeres, varones o personas trans tengan que incorporar expresiones de género estereotipadas sino todo lo contrario. Buscamos abolir el género, de manera que a nadie se le obligue a seguir los mandatos de género por ser los «propios de su sexo» (según pretende la derecha de toda la vida), o a que se le inste a modificar su sexo registral para adaptarse al «género» del sexo contrario (según pretende la posmoprogresía).

Y es que lo que las feministas defendemos es muy sencillo: Abolir el género garantiza el derecho humano al libre desarrollo de la personalidad sin ningún tipo de coacción. En una palabra, si abolimos el género, eliminamos cualquier malestar a él debido. O, dicho en otras palabras: muerto el perro, se acabó la rabia.

Amparo Mañés Barbé

Amparo Mañés Barbé, Licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación (Sección Psicología) por la Universitat de València. Feminista.
Exdirectora de la Unitat d’Igualtat de la Universitat de València.