Patricia López
La fundadora y directora de Crónica Libre con el periodista Ricard Checa, autor de esta columna.

A Patricia López, periodista de raza

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Hay periodistas que pasan de puntillas y otros que dejan huella. Patricia López pertenece, sin discusión, al segundo grupo. De las que llaman a las cosas por su nombre, aunque incomode. De las que no bajan la mirada cuando el poder aprieta. De las que entienden el periodismo no como un negocio, sino como un oficio duro, incómodo y, a veces, ingrato.

Patricia fue una mujer valiente. Una periodista de investigación que no buscó atajos ni aplausos fáciles. Quizá por eso, en demasiadas ocasiones, fue poco valorada entre compañeros y compañeras de profesión. No era de las que sabían “venderse” ni de las que convertían el periodismo en una moneda de cambio. Eso nos pasa a muchos, especialmente a quienes trabajamos de manera autónoma: sabemos contar historias, pero no siempre sabemos —ni queremos— convertirlas en negocio.

Nuestra carrera, como cualquier otra, está llena de aciertos y errores. No siempre agradamos a todo el mundo y, con el tiempo, aprendemos que también hay que ser hábil para que nadie se aproveche de lo que dices, de lo que escribes o de lo que eres. Patricia pagó, en parte, el precio de ser generosa, guerrera y profundamente honesta. Pero nunca dejó de ser una periodista de raza.

Me acuerdo bien del día en que me pidió que asumiera la corresponsalía en Cataluña de su medio digital Crónica Libre. Lo hizo a su manera: con confianza absoluta y sin condiciones. “Tienes libertad total para escribir crónicas”, me dijo. Aquella frase la definía. Patricia creía en el periodismo libre, sin corsés ni tutelas, y confiaba en las personas tanto como en las historias. Ese gesto dice más de ella que muchos currículums.

Guardo también un recuerdo especialmente luminoso: su felicidad el día que, en Tarragona, le concedimos un premio de investigación. Ante un teatro con casi 400 personas, Patricia fue reconocida y homenajeada por su trabajo. Aquella noche se sintió vista, respetada, abrazada por la profesión. Y lo merecía. Porque amaba la vida y amaba el periodismo en su versión más exigente: el duro, el difícil, el que genera conflictos y enemigos cuando se ejerce como Dios manda.

De plató en plató fue contando historias, piezas de una realidad compleja que iba recopilando con paciencia, intuición y coraje. En ese camino hubo aciertos y errores, algo inevitable en el mundo periodístico, especialmente cuando hay quien intenta aprovecharse de una periodista generosa, luchadora y de raza. Aun así, nunca renunció a su manera de entender el oficio.

En lo personal, además de una gran profesional, fue una gran amiga. Compartimos secretos, charlas interminables, lágrimas y también algunas copichuelas. Porque Patricia sabía brindar: al periodismo y a la vida. Tenía esa mezcla tan suya de intensidad, ternura y combatividad.

Hoy nos deja una periodista enorme. Y, en mi caso, una amiga irrepetible. Lamentablemente, no pudiste vencer a la enfermedad, pero te llevaremos siempre en el corazón. Descansa en paz, Patricia, y sigue dando guerra allí donde estés. Sé que lo harás. Ojalá en la próxima parada seas aún más feliz y, sobre todo, más reconocida por tu profesionalidad. Hasta siempre, amiga.

Ricard Checa

Director de República Checa