Lo que conocemos por historia es la suma de relatos de los anales redactados por escribanos por orden del ganador de batallas y escaramuzas. Ni unos ni otros presenciaron los rigores de las mismas. Patricia López era, a la vez, combatiente en innumerables frentes y escribano sin amo que le dictase lo que debía narrar. Armada de un bolígrafo y un cuaderno corriente, hurgaba en las más hediondas cloacas y divulgaba lo que había visto y oído.
Contra su trinchera se abalanzaban catervas de ratas provenientes de las alcantarillas judiciales, policiales y periodísticas. Estaba acostumbrada a pasar muchas noches en vela debido a que los vividores de los bajos fondos la intimidaban, la amenazaban en manada todos los días. Ella escribió con profusión sobre corruptelas que granujas de diversa calaña intentaban ocultar a toda costa. El silenciamiento mediático no logró silenciarla.
Y será esta parte oculta que ella destapó la que nos ayudará a escribir la historia en sus justos términos, porque no se puede entender el desmoronamiento de lo público sin los tejemanejes de los forajidos que se broncean en la cubierta de lujosos yates. No se podía comprar a Patricia López y, precisamente por eso, era un peligro latente para los negocios turbios de hombres encorbatados con gemelos de oro en los puños que tenían que buscar el abrigo de sus cómplices en redacciones, policía o judicatura cada vez que Patricia sacudía sus madrigueras.
Algunas plumas trepas se vendieron a esos rufianes porque pagaban y siguen pagando bien. Al dictado de sus amos, parieron y paren publirreportajes sobre las manos que les dan de comer y sus amiguetes. Se sienten llenos de orgullo y satisfacción dedicándose, además, al periodismo bastardo que tanto daño ha causado al estado de derecho. Jamás pasó por ahí y pagó el precio del ostracismo laboral.
No sé por qué se fijó en mí en estos tiempos revueltos a sabiendas de que yo no adornaba mi salón con el título de periodismo. No se lo pregunté, pero el rechazo que sentíamos ambas por los advenedizos que parasitaban lo público y la necesidad de combatirlos nos unió. Si los aprovechones de trajes caros se multiplicaban como los roedores de las alcantarillas, terminarían por contagiarnos la rabia a todos. Y había que impedir el contagio. En eso estábamos de acuerdo.
No era lo único que nos unía. También coincidimos en la imperiosa necesidad de recuperar la información cuan pared maestra del periodismo por estar, actualmente, inundados de opiniones más o menos afines a las nuestras en los medios de comunicación, pero sin valor informativo alguno. Después de leer un tocho, al lector le queda la amarga sensación de que no ha leído ni una sola información. Y, ¿a quién carajo le importa una opinión?
Dudo que alguien se puede formar opinión basándose en las opiniones de los demás y prescindiendo de los datos. Estábamos firmemente convencidas de que la exposición de los datos era el cometido primordial del periodismo y el lector había de formarse su opinión en base a los datos y no adhiriéndose al relato sesgado del opinador con altavoces grandes.
Nos seducía, además, la idea de recuperar lectores con un periodismo de calidad y plural alejado del amarillismo y sin amo que dictase el rumbo de las informaciones. Estábamos en ello, en el proyecto Crónica Libre que ella fundó, dirigió y para el que reclutó un equipo de periodistas y expertos en diferentes materias. Su mayor preocupación era ser libre, libre de amos que dictasen sobre qué no se podía informar. Por eso fundó el digital con sus propios ahorros y los de otras compañeras.
Pagó honorarios dignos a los periodistas por los artículos que se publicaban. Y lo hacía así porque consideraba que el periodista debía ser remunerado por el tiempo que había pasado buscando informaciones y escribiendo el artículo. No es lo mismo un bordado que un hilvanado. El bordado requiere tiempo y talento. Era libre como un río de agua cristalina sin contaminar por un manto de toneladas de envases de plástico que ahogan la vida del mismo. Desafortunadamente, el mundo mediático de España equivale a toneladas de basura no biodegradable por tierra, mar y aire que intoxica nuestras vidas. Tardaremos décadas en volver a respirar aire puro.
A los que hoy se han alegrado de su muerte y la celebran con champagne a la luz de las velas, solo me queda decirles que ella marcó un camino que seguiremos andando. Que sus velas se apagarán porque se les terminará el oxígeno en las alcantarillas. Muy al contrario que ellos, no solo era una gran profesional del periodismo de investigación sino también una persona cercana, honesta y comprometida con la verdad. Su generosidad y solidaridad eran fuera de lo común. Fiel a sus principios, no se arrodilló ante nadie. Fue un honor trabajar contigo y solo pido que tu luz, allá donde estés, alumbre mi camino. Este es mi brindis. Moriré de pie, como tú.

