Patricia López
Patricia López, fundadora y directora de Crónica Libre.

Y después se hizo la luz. Patricia López

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Admiro a la gente valiente que no se deja intimidar, aunque eso acorte visiblemente la vida. La periodista Patricia López, fundadora y directora de Crónica Libre, nos ha dejado a la edad de 48 años.

La admiraba en vida y esto que escribo no es como lo que han escrito algunos señores disfrazados de periodistas y guiados por la mala fe. Un sinfín entre ellos ha escrito notas escuetas e insípidas y otros le han dedicado un minuto de rigor en la televisión. No vaya a ser que alguien les reproche que ni tan siquiera mencionasen su fallecimiento. Pura fachada, permítanme el calambur. Me abstengo de hacer público el nombre del periodista ruin a quien tengo en mente, perdón malhechor con micrófono, que transpiraba desde todas sus glándulas sudoríparas el júbilo por su muerte. Mala persona, peor periodista y pésimo actor. Son legión. Se cuentan también periodistas honestos visiblemente emocionados y en duelo. Los menos. 

La valentía de Patricia López

Lo que intuía como peligro para la convivencia pacífica de la sociedad o una injusticia, le parecía noticiable a Patricia López. De ahí que diese luz verde a la serie de artículos que escribí sobre el islam. ¿Se preguntarán por qué no se escribieron más? No fue su decisión. Tuvo que luchar dentro de sus propias filas contra voces que osaron decir sin leer los artículos de que con esta serie se daba alas al islamismo. ¡Pobre alma de cántaro! Dejaré escrito su nombre en mis últimas voluntades.

Luchar contra la injusticia fue su punta de lanza. Enfiló una senda hacia la búsqueda de la verdad sin compañeros de viaje a los 18 años. Hizo camino andando en soledad porque no todo el mundo tiene ni el coraje y ni el tesón de los que ella estaba dotada. El diáfano objetivo que quería lograr era como una china en el zapato para el establishment de España. Los hombres y mujeres con metas claras han sido siempre un peligro para las élites.

Por corromper a la juventud condenaron a Sócrates a pena de muerte. En realidad, solo buscaba definir la belleza de la verdad. El mejor ejemplo de valentía periodística, rigor deontológico, honestidad, capacidad de trabajo además de solidaridad con los compañeros de oficio del siglo XXI en España fue Patricia López. Lo perdió todo, pero jamás le abandonó su integridad. Se había marcado un objetivo nítido: desentrañar los vínculos entre las redes mafiosas que parasitaban lo público en España. Las cloacas judiciales, policiales, empresariales y periodísticas forman parte de inmenso alcantarillado que se nutre de las arcas públicas para lucro del que logra empalmarse a esa red de caños. Las cloacas del estado.

Por eso afirmaba que la corrupción se debía juzgar como una macrocausa y no como causas separadas. Juzgarlas por separado es el truco para que ninguno de los corruptos sea condenado por sus delitos. Con ese objetivo en mente y su tesón desentrabucó, valga el neologismo, a numerosos gañanes envalentonados. Parecía pertenecer a esa casta de mujeres de espíritu alto al que hacía referencia Aristóteles en su célebre cita. »Los tiranos se rodean de hombres malos porque les gusta ser adulados y ningún hombre de espíritu elevado les adulará«.

La adulación de sátrapas es lo que mejor sabe hacer ese periodista cicatero al que aludo más arriba todos los días. El sprint deshonesto es su fuerte. Esos hombres y mujeres malos de las cloacas del reino de España la condenaron a muerte mediante una sentencia tácita de acoso y derribo mediático y judicial constante. Esas puñetas y esas plumas con nombres y apellidos le dosificaron su cicuta.

Pasar de ser consumidor a ser lector

La valentía es una carrera de fondo que implica remar a contracorriente. Mientras las vidas de los demás fluyen sosegadamente valiéndose del desnivel de los ríos, ella tuvo que remar río arriba abriéndose camino entre la parada de navíos sin capitán y navegantes ensoñados en dirección contraria siguiendo las zanahorias digitales denominadas celulares colgadas del mástil. Gentío sin meta alguna en la vida ni rumbo más allá del de seguir a un rebaño sin pastor ni cayado que se movía por el efecto de la gravedad. Miento, hoy día el tropel lleva cayado en el bolsillo que, en cuestión de pocos clicks, lo pone en contacto con nuestro rabadán favorito.

Los borregos no pueden ser menos que los cloaqueros que exhiben ese juguete a diario. El acceso a internet es gratuito y nos han inoculado la narrativa de que somos libres de elegir la información. No es del todo cierto, nos han encadenado con un grillete al cuello a los miles de vídeos cortos sin mensaje alguno y a chascarrillos de 140 letras sin contenido ni gracia que habían preparado los que nos han otorgado la gratuidad. Después, todo el mundo podía unirse y producir vídeos y textos con los propios móviles de aún peor calidad. Los vídeos se multiplicaron por millones. Entre los creadores, había personas reales y troles fabricados por la Inteligencia Artificial para crear opinión.

Desgraciadamente, los creadores también eran y son consumidores. Las estaciones de metro por las mañanas están repletas de viajeros cabizbajos dirigiéndose en rebaño a las bocas del metro que atraviesan pasillos ensimismados mirando a las cayadas de sus móviles sin percatarse de nada de lo que acontece a su alrededor. Ven, oyen y huelen pero no perciben ni a la persona que camina a un metro, ni escuchan las notas de Bach ni huelen el pan recién salido del horno. Se requiere mucha firmeza para esquivar el empuje de una muchedumbre sin brújula y adicta al consumo de basura electrónica. 

El consumo diario de estos estupefacientes digitales disminuye de forma significativa la facultad cognitiva para almacenar contenidos, la capacidad de reflexionar sobre ellos y de razonar para llegar a conclusiones lógicas. Es ya palpable el deterioro del lenguaje oral. De eso se trataba, entre otros, cuando los poderosos nos brindaron la oportunidad de acceder a las plataformas digitales de contenido gratuitamente.

Somos ya incapaces de ni tan siquiera de comprender un relato de cierta longitud. No digamos ya de discernir lo que es verdad, de lo que es plausible o de lo que es una falsedad aplicando el razonamiento lógico. Cuando los que iban a contracorriente como Patricia López nos advirtieron de ciertas verdades, no les hicimos caso, ni en la era de internet cuando todos podían y siguen pudiendo acceder a la información de forma gratuita. Hannah Arendt decía que la mentira era la herramienta del fascismo. Somos sus esclavos. Y llegados hasta aquí, me planteo la siguiente pregunta: ¿Cuándo perdimos la capacidad del esfuerzo para entender lo que acontece en nuestro entorno más inmediato?

Para entender el mundo, hay que tener el valor de informarse mejor. Se necesita tener la valentía de abandonar una convicción errónea, valga como ejemplo que la tierra es plana, para abrazar otra mejor informada. Y aquí entra en juego la labor del periodista. Los asuntos farragosos no se pueden resumir en cuatro líneas, aunque la capacidad de síntesis de Patricia López era proverbial.

Y quien no está dispuesto a esforzarse un mínimo para entender los relatos sobre los entresijos del mal que también afectan a su vida diaria, es proclive a dar por buenos los bulos que empantanan las redes. Cuando todavía no existía internet, Voltaire escribió “Ciertamente, aquel que se atribuya el derecho a convertirte en absurdo tiene el derecho de convertirte en injusto.“ Lo que venía a decir Voltaire era que aquel que creyese en cosas absurdas era capaz de cometer las peores atrocidades. Muchos medios de comunicación nos presentan relatos absurdos a los que no pocos lectores les otorgan credibilidad. Me temo que estamos ya situados en el pelotón de salida para cometer atrocidades.

Y después se hizo la luz

La fecha de su muerte es icónica. El 21 de diciembre es la noche más larga del año porque el 22 marca el solsticio de invierno. Quiero pensar que la oscuridad dará paso a la luz porque su lucha no fue en vano. Está en nuestras manos batallar como ella contra la oscuridad o sucumbir al empujón de un miembro de la multitud cuando echemos todos a correr en estampida por un bulo certero que suelte un hampón a sueldo. Incluso nos culpará el palanganero de haber pisado a aquel que había caído.

Aunque ya no esté entre nosotros, sí queda su legado para todos aquellos que vieron en ella un ejemplo a seguir. Luchar por la verdad siempre cunde porque actuar de buena fe es lo que asegura una convivencia sin demasiados sobresaltos. Me acuerdo de Pepe Mujica que nos dejó este consejo poco antes de morir. “No se cansen de ser buenos, aunque ser bueno no sirva para mucho. Sirve para no arrepentirse con uno mismo”. Me consta que Patricia no tuvo que arrepentirse consigo misma. Fue un honor acompañarte.

Catalina de Erauso

Periodista de investigación. Está desentrañando el mensaje islámico recogido en el corán y otros relatos considerados sagrados, la exégesis de los mismos así como la ley sharia que dimana de los dos primeros.