28 de octubre del 82: El otoño de un nuevo amanecer

3 Min. lectura

Imposible dar un paso, desde que Alfonso Guerra dijo en TVE que había ganado el PSOE, la gente de todas las edades y condición social, se echaron a la calle, gritando, bailando, coreando ¡Por el cambio! ¡Felipe queremos un hijo tuyo!… Es difícil describir cómo los socialistas celebraron esa victoria aplastante. Tras cuarenta años de dictadura, teniendo que ocultar su ideología muchos de ellos, ahogando su dolor por los que se fueron sin poder saborearla, ese día por fin podían dar rienda suelta a su alegría.

Por Rosa Villacastín

Hay fechas que se quedan prendidas en nuestra memoria para siempre: la del 28 de octubre de 1982 no la olvidaré jamás, porque aunque ya intuía que iba a ser importante ya que si todo salía como estaba previsto cambiaría el rumbo de nuestra vida. No creí que fuera a ser histórica por la aplastante victoria del PSOE en unas elecciones, en las que obtuvo una mayoría absoluta, 202 escaños. Elecciones que perdió la UCD, debido a las guerras intestinas entre los barones de un partido en el que como me comentó Pio Cabanillas, había demasiados egos compitiendo.

Como todas las noches electorales desde el 77, me tocó hacer una ronda por la sede de la UCD y AP para ver qué ambiente se respiraba antes de conocerse los resultados finales. Recuerdo las caras de los militantes y de los jefes de prensa de la UCD, que deambulaban como alma en pena por la Sede, intentando encontrar a alguien que diera la cara ante los periodistas. Aquel ambiente de tristeza y derrota eran el mejor termómetro de lo que estaba por venir. Una derrota sin precedentes que contrastaba con la alegría contenida de los de AP, que esperaban una cosecha debido al traspaso de votos de UCD a AP, como así ocurrió, convirtiéndose el partido de Fraga en el segundo más votado.

Estaba previsto que hablaran Felipe González y Alfonso Guerra

No sería hasta la media noche, cuando por radio macuto -no había móviles, ni Internet-, nos llegó la noticia de la victoria aplastante del PSOE. Su eslogan “Por el cambio”, había dado sus frutos. La sensación de una parte Importante de la sociedad era que con Felipe las cosas iban a cambiar, como así ocurrió.

Alfonso Guerra con el secretario general de AP. Foto: Hans van Dijk para Anefo , CC0, vía Wikimedia Commons

Alfonso Guerra tenía un método infalible para saber por dónde soplaba el viento: una vez que se cerraban las urnas y se contabilizaban los votos de determinadas mesas instaladas en distintos puntos de la geografía española, lo que saliera de ahí clavaba los resultados. Sería cerca de medianoche cuando me llamaron del periódico para decirme que me fuera hacia el Hotel Palace, ya que estaba previsto que hablaran Felipe González y Alfonso Guerra. Como yo me encontraba cerca de la puerta del Sol, intenté acortar por Alcalá hacia Cibeles pensando que estaría más despejado, ya que por la Carrera de San Jerónimo, recuerdo a un matrimonio mayor, llevando de la mano a sus nietos adolescentes, quienes al verme me contaron que los llevaban porque no querían que se perdieran este momento de euforia.

Un momento histórico que llevaban 40 años esperando

En ese caminar por las calles de Madrid me encontré a Javier Solana, cerca del Ministerio de Educación. Nos abrazamos, la gente le besaba, gritaban su nombre y el de Felipe González, como si se tratara de un dios. En aquellos momentos lo era. Había resucitado el socialismo, les había llevado a la cima, la sensación de agradecimiento y de alegría lo embargaba todo. Según nos acercábamos a Cibeles, intentábamos hacernos un hueco entre el gentío que llenaba las calles adyacentes a Neptuno, al Congreso de los Diputados: era misión imposible.

Yo lo conseguí mostrando a los policías mi carnet de prensa. Preferí quedarme en la calle porque un compañero me dijo que estaba previsto que Felipe y Alfonso salieran al balcón. Tardaron media hora en aparecer, tiempo que se me pasó en un suspiro entre cánticos, bailes, achuchones, abrazos, historia que iban narrando quienes estaban cerca de mí…. Y en eso se hizo el silencio, y aparecieron en uno de los balcones del Palace Felipe González y Alfonso Guerra, con traje y corbata, brazo en alto, las manos entrecruzadas, sonriendo….

Se desató el delirio: unos lloraban, otros cantaban la Internacional, en alto o a modo de murmullo los más jóvenes gritaban «P R E S I D E N T E»…. Cuánta emoción contenida, cuantos sueños y esperanzas renovadas gracias a aquellos dos hombres, tan distintos, el uno tan carismático, el otro tan audaz. Cuando la gente se fue dispersando, logré entrar en el Palace para intentar hablar con el gran líder, imposible.

Según me contó una persona cercana a Felipe González, todos se habían ido a celebrarlo en la intimidad, mientras en Florida Park continuaba la fiesta con artistas de la talla de Ana Belén, Miguel Bosé, Chiquetete, Lola Herrera, personajes de ideología muy dispar, unidos esa noche por el cambio de ciclo. Han tenido que pasar 40 años para que conozcamos dónde celebró Felipe González su entronación al olimpo de los elegidos: en el diario El País, junto a sus buenos amigos Juan Luis Cebrián y Jesús de Polanco. Una amistad forjada en la complicidad y la lealtad que dura hasta nuestros días.

Rosa Villacastín

Periodista, comenzó en El Diario Pueblo. Ha colaborado en Época, Interviu, Panorama, RNE, Antena 3 radio y la SER. Presentadora de TV y colaboradora de TVE, Tele 5, La Sexta, y Canal Sur. Como escritora ha publicado 9 libros, sobre el 23F, Divorcios de oro de la democracia, Hay vida después de los 50, La Princesa Paca y Los años que amamos locamente.