JK Rowling
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JK Rowling: cuando la cancelación es el único camino

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Lo he dicho muchas veces, incluso en esta misma columna: somos dos grupos de personas LGB y T. Están las que atacan y desaprueban las posturas de JK Rowling (autora de la saga de Harry Potter) sobre cuestiones de género, llamándola “transfóbica” y “llena de odio”; y estamos quienes sí pusimos atención y leímos lo que escribió al respecto sobre el tema de género, derechos de personas trans y los derechos de las mujeres y por ello sabemos que las acusaciones de “transodiante” son mentiras sin base alguna, y sólo nos queda estar de acuerdo con sus puntos de vista.

También he dicho que comprendo por qué el transactivismo popular y mediático la demoniza, y que no tiene nada que ver con sus posturas reales sobre el tema trans o su labor de difusión de temas sobre libertad de expresión, sino por su negativa a complacer o a plegarse ante la exigencia de sumisión y obediencia ante el transactivismo mediático. Por otra parte, al transactivismo que tiene todos los reflectores y micrófonos y que no tolera desviaciones de sus dogmas sobre “identidades de género”, les ha caído como anillo al dedo tener una figura a la cual demonizar para poder tener una estructura sectaria y rechazar la heterodoxia.

Sin embargo, los fanáticos creyentes en “identidades de género” nunca pudieron dar un ejemplo textual (tendrían que haber leído lo que escribió al respecto y hacer eso era herejía y motivo de excomunión del transactivismo) o presentar un video de JK Rowling expresando una postura “transfóbica”, simplemente porque no existía. Tenían que recurrir a terceras personas para que se reinterpretaran frases y posturas a conveniencia, o recurrían a la falsa equivalencia de que, ya que “la ultraderecha” criticaba los dogmas transactivistas mediáticos, por consiguiente, toda critica es “de ultraderecha”.

Pero en las últimas semanas, el transactivismo mediático pareció tener una reacción de beneplácito y triunfo cuando JK Rowling declaró que no era ningún crimen decir que un hombre era un hombre, ni reconocer la realidad. La figura trans británica india Willoughby había pasado años difamando, atacando e insultando a Rowling (de lo cual hay un registro), mientras que la escritora había ignorado la provocación constante.

Pero una tercera persona le preguntó a Rowling si podía reconocer “como mujer” a Willoughby, y la autora respondió que esa persona no era una mujer, sino una actuación misógina, narcisista, superficial y exhibicionista de lo que esa misma persona asume que debe ser una mujer. Willoughby declaró de inmediato que era “delito de odio” llamarle hombre, diciendo que “lo más transfóbico” que pudiese hacerse era llamarle hombre a una persona que transicionó a la feminidad, y levantó una denuncia ante la policía, pidiendo el arresto de Rowling.

Para la sorpresa de nadie la policía desestimó la acusación, resolviendo que no era ningún delito, no era ningún crimen y que la conducta de Rowling no calificaba ni de cerca como violencia. De hecho, al contrario, Rowling tenía derecho a expresar sus puntos de vista. Posteriormente, Rowling sugeriría que, según el historial de acoso y difamación de Willoughby -en donde en un famoso tuit amenazó secuestrar a feministas, incluída Rowling-, la denuncia opuesta si pudiera proceder.

Esto no ha detenido a Willoughby, que sigue buscando quien valide sus denuncias contra Rowling, sin éxito. Y ahora el transactivismo mediático si tiene su santo grial, una declaración directa de Rowling que, según su interpretación maniquea, es “un crimen de odio”. Pero, ¿lo es? ¿Es realmente “transfobia” reconocer que las personas que nacimos y crecimos como varones y luego transicionamos adoptando un rol y apariencia feminizada -popularmente llamados “mujeres trans”-, somos biológicamente varones? Precisamente ese es el punto en donde diverge el transactivismo mediático y hegemónico de toda otra corriente.

Para ellos, cualquier admisión de la realidad biológica y de reconocer el sexo con el que nacemos es “violencia” y “transfobia” porque no se debe poner nunca en duda que “las mujeres trans son mujeres”. Por otro lado, desde las disidencias trans o desde el transactivismo de las periferias, el negar nuestro sexo biológico y relativizar la realidad es atentar contra nuestro propio entendimiento de las problemáticas que nos enfrentamos.

Para nosotros, el slogan “las mujeres trans son mujeres” es homofóbico, transfóbico (porque niega la transición misma) y parte de una narrativa irresponsable y dañina en donde la realidad es moldeable por medio de autopercepciones, lo cual es individualista,  reaccionario y por consiguiente, contrarrevolucionario.

Pero nuestra postura es tan ignorada e invisibilizada que la mayoría del público la desconoce, al punto que nos han dicho que no podemos existir porque el transactivismo mediático afirma que las personas trans no tenemos derecho a tener otra posición más que la de ellos. Si una persona trans se vuelve popular de inmediato (pienso en el caso de Wendy Guevara, figura de los reality shows mexicanos) y afirma inequívocamente que se reconoce como varón, el transactivismo mediático silencia lo que dijo y si llega a resurgir, reitera que lo que pasa es que “es una persona sin educación y no entiende”.

Pero entonces surgimos personas como Debbie Hayton o yo, que tenemos una trayectoria académica y estudios profesionales y que teorizamos a partir de nuestros campos de estudio y experiencias personales y profesionales y afirmamos que es imperativo reconocernos como varones, el transactivismo mediático también nos silenciará y reiterará que si decimos lo que decimos es porque nuestra educación no nos hace tener empatía y no entendemos nuestra propia realidad.

Cada vez que alguien trans disienta, se nos retira la atención, se nos silencia, se nos invisibiliza y se nos dice que NADIE piensa como nosotros y que DEBEMOS alinearnos a las creencias hegemónicas del transactivismo mediático, bajo amenazas de cancelación o hasta de violencia.

Hace unos años circuló un dossier de una asociación LGBT internacional dirigida a periodistas, con lineamientos sobre cómo se debía abordar los temas trans. En ese documento se decía, entre otras cosas, que las personas trans debían siempre ser referidos con los pronombres “con los que se identificaban”, no importando si se trataba de criminales o celebridades; que se debía de abstener de cubrir sucesos criminales en donde personas trans estuvieran involucradas “para no causar malas impresiones sobre sus identidades”, etc. Por supuesto, había un apartado en donde se solicitaba llamar a personas de cualquier espectro político que criticaran las posturas del transactivismo mediático como “transodiantes”.

Sin embargo, el apartado más incendiario reconocía que aún dentro de las comunidades L, G, B y hasta T había críticos a la corriente de “identidades de género”, y se pedía expresamente que no se nos diera ninguna voz ni atención alguna, más que para presentarnos como “enemigos” y “agentes del odio”, asegurando que cualquier plataforma que se nos diera, en especial a personas trans no alineadas, “era peligrosa para la agenda LGBTQI y difusión de nuestro activismo a los jóvenes”.

Para el transactivismo hegemónico, totalitario y mediático que empuja leyes a su conveniencia, le es necesario cancelar y acallar críticas porque carece de argumentos reales. Se niegan a debates, a discusiones, a definir sus propios términos. Solo funcionan imponiendo sus posturas por la fuerza y oponiéndose, no solo a escuchar ellos, sino a que la opinión pública escuche tampoco otras posturas. Si lo hacen con JK Rowling ¿Qué podemos esperar los demás?

Por fortuna, las personas trans no alineadas poco a poco estamos abriéndonos espacios. Por fortuna, una buena parte de la opinión pública está empezando a tomar conciencia del proceder gangsteril del transactivismo hegemónico ante sus críticos. Por fortuna, aunque si hay un apoyo creciente a la inclusión de nosotros, las personas trans, a la economía formal y campos laborales, hay un rechazo a pasar ejercicios de privilegios por derechos. Soy optimista sobre el futuro. El transactivismo hegemónico y mediático está perdiendo terreno precisamente por su intolerancia y falta de conceptualización de la realidad, y en el transactivismo realista y periférico estamos haciéndonos escuchar. Solamente espero que no sea demasiado tarde.